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¿Preludio de un regreso?

Por la Redacción

 Los triunfos del PRI en las elecciones para gobernador del Estado de México, Coahuila y Nayarit denotan que la popularidad del partido en el poder sigue desgastándose, mientras la operación política priísta vuelve por sus fueros rumbo al 2012. La izquierda, fragmentada y a la deriva, no parece en posibilidad de ofrecer un frente sólido, a un año de la elección presidencial.

Las cifras, aunque extraoficiales al momento de redactar, son frías y el mismo tiempo contundentes: en el Estado de México Eruviel Ávila, el candidato del PRI-PVEM-PANAL ganó con 61.47 %. En segundo lugar quedó Alejandro Encinas, del PRD-PT-Convergencia, con  21.16 % y en tercero Luis Felipe Bravo Mena, del PAN, con 11.82%.

Los resultados en Coahuila dieron como claro ganador a Rubén Moreira, del PRI-PVEM-PANAL, con 65%. En segundo lugar queda Guillermo Anaya, del PAN, que obtiene 33%. Los  candidatos del PRD y el PT-Convergencia tienen una votación marginal sumada del 2.1%.
En Nayarit fue un poco más pareja la contienda. El candidato del PRI,  Roberto Sandoval, ganó con 48%. La del PAN, Martha Elena García, alcanza 33% y el perredista, Guadalupe Acosta Naranjo, tiene 16%.

Resulta especialmente significativa la victoria tricolor en el Estado de México, debido a su importancia de dicho estado y al hecho de que cimente aún más las aspiraciones presidenciales de Enrique Peña Nieto, actual gobernador.

Durante sus largos años en la oposición, el Partido Acción Nacional postuló como marca de mercado que en el caso de estar ellos en el poder marcharía otro estado de cosa en el país, especialmente en los rubros que tanto lastiman la nación como la corrupción, el clientelismo y el corporativismo, además de asignar esos defectos como de uso exclusivo del PRI.

Tras 11 años administrando desde la silla presidencial, una opinión generalizada es que el PAN fue pan con lo mismo, es decir, repitió vicios que criticaba, y mucha gente con esperanzas demasiado grandes respecto al cambio que ofertaba Vicente Fox a finales de los 90´s se ha decepcionado. Felipe Calderón ha terminado por gastar a Acción Nacional por medio de la “guerra contra el narco”. La gente no notamos las grandes victorias pregonadas por el régimen, sino percibimos los balazos, asaltos, coacciones, secuestros y demás géneros de violencia que nos aquejan y que no habían sido vistos en tiempo de paz, y eso impacta. En estos tiempos muchas personas conciben el recuerdo de un viejo estado de cosas y lo añora, ya sea con razón o sin ella. El PAN se ha quejado frecuentemente de que las cámaras legislativas obstruyen su labor, pero nunca pareció considerar ese aspecto de la democracia representativa durante sus eternas campañas en las que sembró en el ánimo del ciudadano la promesa de un cambio fácil y casi mágico, y ahora paga con la pérdida de la credibilidad de los votantes asiduos.

Por si fuera poco, Acción Nacional carece de un probable candidato que tenga la fuerza suficiente para revertir lo antes comentado.

Respecto al conglomerado de opciones que se diluyen en el concepto “izquierda”, padecen la falta de unión y de credibilidad. Durante fines de los ochentas y en los noventas el Partido de la Revolución Democrática, nacido de una escisión del PRI, apareció como una opción viable ante el electorado, pero ha terminado por repetir los eternos problemas de la izquierda mexicana: desuniones, cismas, facciones encontradas, entre otras. Muchas personas con orientación ideológica izquierdista simplemente no encuentran una opción viable para considerarse representados por los diversos partidos  que figuran en la agenda política mexicana. Esto también deriva en beneficio del PRI.

Al parecer la única manera de que se pueda ofrecer frente a las aspiraciones priístas es la de la alianza entre PRD y PAN. El caso de la candidata Martha Elena García en Nayarit resulta explicativo. De ser parte del PRD con un buen apoyo, se fue a las filas azules donde logró una buena presencia. Se comenta que de postularse representando a una alianza de ambos partidos habría vencido. Sin embargo, en la mente de muchos votantes reflexivos aparece el pensamiento de si una alianza de ese tipo puede prosperar fuera de las urnas, en forma de gobierno tangible.

De cualquier modo, haría mal el Revolucionario Institucional en sentar sus reales en la confianza y abandonarse al festejo de los triunfos, pues como ya indicó públicamente el Gobernador de Chihuahua, César Duarte: “si algo le enseñó al PRI el haber perdido dos elecciones es que ni los caprichos ni los sismos pueden ser el rumbo del futuro”. Si el PRI aspira a redirigir el rumbo del país debe olvidarse de los viejos vicios y rescatar lo positivo de su ideario y su experiencia en el gobierno. Hay graves temas en la agenda nacional que merecerán gran atención. La violencia no cesará al día siguiente de un eventual triunfo del PRI, habrá que afrontarla. Lo mismo los cambios climáticos y demás lastres que carga el campo mexicano, la adversa crisis económica que se reparte en diversos lugares, el riesgo de recesión en los Estados Unidos, entre otras cuestiones adversas.

No puede cometer el PRI el mismo error que el PAN y perder el piso desde donde declara sus intenciones de gobernar. Está bien sentir entusiasmo y confiar en la recuperación de la presidencia, pero debe acompañarse de expectativas realistas y acordes a las vivencias de los ciudadanos, el reto está puesto.