“No entiendo porqué la gente le teme a las nuevas ideas; yo le temo a las viejas”
John M. Cage (compositor, filósofo y poeta estadounidense).
Por Hugo Ulises Cobos.
“Las personas siempre quieren verse diferente, pero no están dispuestas a cambiarse el peinado”. Fueron las palabras pronunciadas por una talentosa estilista que prefirió dejar de dedicarse a lo que más le apasionaba.
Pude percibir una especie de coctel emocional entre frustración, resignación y sorna al momento de explicarme el porqué de su disidencia.
La verdad es que su frase me sonó como una epifanía muy simple, pero más profunda de lo que parecía a simple vista. Sintetizó en una pequeña frase un problema que pasa cotidianamente entre las personas y las empresas por igual.
Lo más triste de todo es que tiene razón. No muchos estamos dispuestos a realizar o aceptar cambios significativos en nuestras vidas, lo cual es comprensible; sin embargo, la adaptación es crucial en todo aspecto de la misma. Se dice por ahí que, entre las especies, en realidad no es el más fuerte el que sobrevive, ni siquiera el más inteligente, sino el que más fácilmente se adapta a las dificultades de su entorno.
Navegamos por la vida resistiéndonos a lo distinto; motivados por la ansiedad de control y certidumbre; apegados a rutinas y costumbres inamovibles. El mundo ya es demasiado caótico, para qué arriesgarnos. Todo está bien como está.
Asimismo, la experimentación debe ser una constante que nos lleve a conocer, mejorar y crear nuevos fondos y formas para lo convencional; lo que siempre ha estado allí, y quizá siempre estará; pero que, también, siempre hemos apreciado de manera limitada y somera.
En Mercadotecnia, este aspecto es fundamental, y debe ser propiciado, motivado y celebrado en medida de lo posible. Si bien, no todo resulta como se esperaba en algunas ocasiones, esto nos da un fundamento y parámetro base para futuras acciones.
Los errores en las empresas cuestan, por lo que es necesario reducir esa posibilidad al mínimo; pero, por otro lado, una empresa que no se equivoca (y teme hacerlo) pierde la oportunidad de explorar nuevas oportunidades que la lleven, en una de esas, a obtener una sólida ventaja sobre sus competidores.
La seguridad que nos da una zona de confort se antoja tentadora, pues tenemos el control y dominio sobre un sendero previamente recorrido, del cual, hasta cierto punto, sabemos qué esperar.
Un cambio drástico o significativo del status quo, por el contrario, genera incertidumbre y cierto desgaste emocional; riesgo, zozobra. Mismas variables que en la mayoría de las veces no estamos dispuestos a encarar. Nos adelantamos a las consecuencias de lo que muchas veces parece una insensatez, disuadiéndonos de una posible oportunidad de mejora y reinvención.
En las empresas, por lo regular, una propuesta que perturbe este estado actual de las cosas, o al menos amenace con hacerlo, es sujeta al escrutinio de un grupo de administrativos (y uno que otro colado) que por un momento salen del caparazón de sus actividades y especialidades en específico para invadir carril en decisiones con resultado reticente y, a veces, dañino para la organización. Tristemente, daño poco perceptible, porque al final todo permanece igual, privando a la entidad de la oportunidad de ser dinámica y vanguardista, o al menos… diferente.
Lo contradictorio del asunto es que siempre exigimos resultados extraordinarios a prácticas convencionales.
El temor es comprensible, pero no superarlo es inaceptable para una empresa, marca u organización que busca destacarse por su diferenciación y liderazgo en determinado mercado.
Una empresa temerosa no propicia la generación de nuevas ideas, por el contrario, se escandaliza ante las mismas, adoptando una postura castrante, con una óptica limitada.
Revista Chihuahua Moderno. Todos los Derechos Resevados 2010
Chihuahua Chih. Mexico
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