I Tus labios me enseñaron a sentir lo que es ternura.
Esperar, todos los días, a que él saliera muy temprano a cumplir con sus obligaciones como jefe de oficina, para comprobar el buen funcionamiento de las comunicaciones y, en caso contrario, enviar a una cuadrilla de celadores a repararlas, cosa que le llevaba tan sólo una hora u hora y media, me llenaba de anhelante expectación.
Apenas escuchaba sus pasos que bajaban la escalera que lo llevaría a la puerta de salida del edificio, yo corría para meterme en su cama, donde ya ella me aguardaba, aún soñolienta, pero con una tierna y gran sonrisa. Las caricias y los besos se prolongaban por el tiempo en que calculábamos sería nuestro. Luego colocaba su mano sobre la almohada con la palma abierta y yo depositaba en ella mi cara, para sentir su ternura y, una vez más, besaba mi frente, mis entrecerrados ojos, mi nariz…
Eran los únicos momentos en que podíamos demostrarnos cuánto nos amábamos.
De pronto escuchábamos las pisadas que ahora subían los escalones. Rápidamente yo saltaba de la cama y regresaba a paso acelerado a la habitación donde se suponía debía estar dormido.
Después de un baño ligero me vestía y me dirigía hacia el comedor donde, todos juntos, almorzábamos un tanto precipitadamente ya que él debía regresar a sus labores. Luego nos acompañábamos durante el trayecto de algunas cuadras. Él, casi siempre parco, sólo me hacía preguntas acerca de mis actividades. Casi no reía sino con alguna mueca que pretendía ser sonrisa. Ella salía detrás de nosotros, pues también trabajaba, pero por el rumbo contrario.
II Tus besos se llegaron a recrear aquí en mi boca.
No obstante el carácter seco de él y su obsesión por el trabajo, podría asegurar que el amor que sentía por ella era muy grande. Lo percibía en sus toscos cariños, en la preocupación que mostraba porque no le faltara nada de lo necesario. Y ella se unía a la lucha diaria pero, además, se buscaba tiempos libres para mantener limpia y muy bien arregladita la casa, con el fin de que, al llegar él, cansado por las pesadas jornadas de labores, se sintiera a gusto. Lo recibía siempre hermosa, radiante, bien peinada, con los toques apenas necesarios de maquillaje para hacer resaltar aún más su belleza. No cabía duda, ella también lo amaba y mucho, diría yo.
Siempre me pregunté cómo serían sus noches de amor. ¿Se volvería tierno con ella, en esos momentos? No podía imaginarlo. Seguramente fue educado bajo la premisa de que “Mostrar ternura, es signo de debilidad”.
Muy pocas veces salían con el afán de divertirse: algún domingo de vez en cuando a la casa de su cuñada, donde él tomaba unas copitas y charlaba animadamente con el esposo; a bailar una vez al año, durante las fiestas patrias que organizaban las autoridades en el Palacio de Gobierno y, de las escasas y esporádicas visitas que recibían, llegaba cierta singular pareja: Ponciano y Angelita, sus compadres.
Don Ponciano era compañero de trabajo de él, pero radicado en la Capital del País. Hombre de frente amplia, por no decir casi calvo, anteojos dorados, costosos anillos, bien vestido y perfumado. Angelita, cuyo diminutivo, a mi parecer, no le hacía ninguna gracia, ya que se trataba de una mujerona, subida en grandes tacones, de enormes pechos y demasiado pintada para mi gusto, con joyas de oro puro y piedras preciosas en ambas manos, orejas, cuello y aromatizada con una exageración que mareaba.
Luego de la comida, especialmente preparada, charlaban de sobremesa y, entrada la tarde, después de algunas copitas de fino coñac traído por Don Ponciano, colocaban un gran disco de pasta en la consola y se ponían a bailar, cada quien con su pareja, al ritmo de algún romántico bolero y con las voces inconfundibles del trío “Los Panchos”:
“Tus besos se llegaron a recrear aquí en mi boca…”
Por supuesto que yo no era invitado a dichas reuniones y sólo me atrevía a espiar por momentos: ahí estaban los dos, abrazados muy juntos, besándose en la boca furtivamente, para no parecer melosos en presencia de los visitantes y sin perder el movimiento de los pies con perfecta coordinación. Y al verlos así, gozándose uno al otro, no sentía, como podría suponerse, ningún asomo de celos, al contrario, gozaba junto con ellos; aunque, sí, me nacían enormes deseos de poder, algún día, bailar con ella.
Pero, doña Angelita, viva como el demonio de la concupiscencia, se las ingeniaba para intercambiar parejas y, entonces, era yo testigo de cómo repegaba sus grandes senos al pecho de él, mirándolo con ojos de deseo, siguiendo el ritmo: “…llenando de ilusión y de pasión, mi vida loca…”
Sin embargo él no se perturbaba. Era evidente que no le interesaba, en lo más mínimo, buscar alguna aventura. Ni con su comadre Angelita ni con ninguna otra mujer. El amor que sentía por su esposa era a prueba de toda provocación de infidelidad.
Ella lo sabía, por lo que, aún cuando se daba cuenta de los coqueteos descarados de la mujer de Don Ponciano, no sentía preocupación alguna. Y yo me alegraba de eso, pues no me hubiera gustado que sufriera de celos infundados. Tal vez muchos no lo comprendan, pero cuando existe el amor verdadero, lo único que importa es la felicidad del ser amado. Tal vez no compartan conmigo la forma de amar y quieran sólo para sí, como una pertenencia, a la mujer que tienen a su lado.
III A todo el mundo le puedes contar que sí te quiero.
A las reuniones que organizaban hermanos y cuñados, familiares de ella, sí era yo invitado. Y entonces podía demostrar ante todos los ojos, cuánto la quería, pues ninguno lo ignoraba; lo sabían y festejaban.
Durante alguna de aquellas verdaderas fiestas llegué, incluso, a bailar con ella el Mambo No. 8, tan en boga en aquel entonces. En otra, durante la tradicional cena de año nuevo, la oí declamar junto a sus hermanos, “El brindis del bohemio”, que dramatizaban con gran talento.
También la escuchaba cantar mientras que, con escoba en mano, barría con entusiasmo su casa o tallaba a pulso la ropa en el lavadero del patio o fregaba los trastes en la pequeña cocina.
Y yo la veía con admiración, con respeto, con amor.
A veces salíamos los dos solos a la calle, de compras, al mercado. Y entonces nos tomábamos de la mano y caminábamos como dos enamorados.
Otras veces solíamos asistir a algún balneario, pues él era un nadador experto y mejor clavadista, en donde mostraba su físico en traje de baño, pareciéndose al “Hombre mejor desarrollado del mundo”: Charles Atlas. Pero ella no se quedaba atrás. ¡No! Al salir de los vestidores para damas llamaba la atención de todos, ataviada con su recatado traje de baño de una sola pieza y con una diminuta faldita integrada que cubría, púdicamente, la parte donde se unen ambas piernas, así como disimulaba los redondos glúteos. Él la piropeaba comparándola con Esther Williams, hermosa actriz norteamericana, famosa también como reina del ballet acuático. Yo no estaba de acuerdo en tal comparación porque, si bien era cierto que nadaba con sensual cadencia, distaba mucho de ser una gran nadadora, pues no se atrevía a ir más allá de media alberca, donde la profundidad empezaba a hacerse mayor pero, sobre todo, porque a mí me parecía mucho más linda que la estrella cinematográfica.
Entonces él me obligaba a abandonarla en la parte baja de la alberca, desafiándome a realizar las mismas proezas que él dominaba a la perfección, gozando al hacerme sentir un débil y temeroso hombrecito en calzoncillo de baño en lo alto de la plataforma de cinco metros, temblando por el frío que me causaba el sólo pensar que debía lanzarme con los brazos en posición de ángel suspendido y que sólo lograba vencer al verla a ella, expectante, con su divina sonrisa dirigida hacia mí. Allí voy, en vertiginosa caída, chocando dolorosamente con el agua, tosiendo al salir, por la bocanada del líquido clorinado, pero airoso por haberme vencido a mí mismo, buscando inmediatamente el gesto sonriente y aprobatorio de ella.
Después de darme varios porrazos, lo dejaba haciendo piruetas en el aire, cayendo luego limpiamente, abriendo las aguas con suavidad, una y otra vez, incansablemente. Yo me reunía con ella para chapalear y jugar, zambulléndonos y brincando luego, tomados de las manos, riendo como dos adolescentes.
IV Te puedo yo jurar ante un altar mi amor sincero.
Una fría madrugada fui violentamente despertado por el sonido desgarrador de una fuerte y persistente tos. Hubiera querido correr en su ayuda pero no me pareció prudente, su esposo estaba a su lado y sabría, seguramente, lo qué debería hacerse.
Sin embargo, diez minutos después, él, con gesto de gran preocupación, entró a mi cuarto y, urgiéndome, me dijo:
-Corre por el médico. Tu mamá está vomitando sangre.
Saltando de la cama me puse el pantalón, una camisa de manga corta que se encontraba a la mano y, sin calcetines, metí los pies en los zapatos; sin amarrar las agujetas salí corriendo a la calle aún obscura e intensamente fría.
Durante el trayecto recordé que ella se había quejado anteriormente, sin darle mucha importancia, de un dolorcillo en la espalda.
Después de la visita del médico vinieron medicinas, análisis, hospitales: el terrible cáncer, en aquel tiempo invencible, seguramente había sentido envidia de la felicidad de Meche, atacándola en los pulmones con saña, a una edad en que la muerte se ve demasiado lejana, ajena; pues apenas, en unos cuantos meses, cumpliría treinta y ocho años.
Cuando él fue enterado del diagnóstico, después de una junta de médicos, regresó a casa. Yo escuché, desde dentro, lo que me parecían bramidos de algún animal herido; me asomé por la ventana que daba a las escaleras pero no vi nada. Seguí atento y pronto me di cuenta de que alguien, en el rellano, donde se hallaba la puerta del departamento del portero, por años desocupado, se escondía y, desesperadamente trataba de contener, inútilmente, los sollozos desgarradores. Fue la única vez que vi al hombre fuerte, a mi padre, educado para no mostrar debilidad, llorar como un niño desvalido.
Muchos médicos, muchas medicinas. No había nada que hacer, sólo esperar un milagro. Con un tratamiento que quizás sólo servía para aminorar los accesos de tos y el dolor, volvió a su casa para cuidar de su familia.
Por las tardes salíamos, ella y yo, y caminábamos atravesando los portales de Toluca hasta llegar a la iglesia de la Santa Veracruz. Lentamente y tomados del brazo fuertemente, como si no quisiéramos separarnos: sin querer dejarla ir, sin querer dejarme desamparado, tal vez quedarnos juntos o quizás volar ambos, pero juntos.
Llegábamos ante el altar de la Virgen del Perpetuo Socorro, nos hincábamos, nos santiguábamos y prendíamos una veladora cada día. Veíamos a la Virgen directamente a sus ojos, implorándole que intercediera ante su hijo por el milagro que, para los médicos, era simplemente imposible de realizar.
Nos tomábamos de la mano, y apretábamos a intervalos con desesperación, mientras orábamos con toda la fe de que éramos capaces de sentir en aquellos momentos en que, lo único que deseábamos, era la restitución de su salud.
Mi amor por ella era tan grande que busqué dentro de esa pequeña mente de sólo once años, lo que representara el mayor sacrificio a cambio de su salud. “Virgencita –le dije-: si curas a mi mamacita, te prometo que me ordenaré sacerdote. Renunciaré al mundo, por su salud. Te juro que la quiero muchísimo”.
Volteábamos a vernos al unísono, tratando de ocultar alguna impertinente lágrima y, como si hubiéramos escuchado la voz de la Virgen que nos decía: “Vuelvan a casa en paz, mi hijo bienamado concederá el alivio que han venido a buscar”. Sonreíamos y con un apretón más fuerte de manos, seguros de haberlo logrado, nos retirábamos iniciando el camino de vuelta a casa.
V Por eso es que mi alma siempre extraña el dulce alivio.
No me quedó duda alguna de que, para mi padre, ella lo era todo. Su aparente fuerza de carácter se veía desquebrajarse a menudo, aunque él tratara de ocultarlo, principalmente para que yo no cayera en la desesperación y el dolor.
Hizo cuanto pudo, sin escatimar esfuerzo ni dinero, haciendo a un lado su orgullo para pedir ayuda a conocidos y desconocidos, hasta que logró internarla en el Hospital Militar de la ciudad de México, donde se encontraban los mejores especialistas.
Todo fue inútil, mi querida madre murió y mi vida cambió radicalmente. Y aunque sentía la protección de mi padre y el amor, a su manera, nada ni nadie podría sustituir jamás su imagen, su ternura, su voz, sus manos, su amor. Y lloré, lloré mucho, lloré solo.
Lógicamente, los últimos días de su vida y durante sus funerales no asistí a la escuela. Al regresar, la maestra me preguntó el motivo.
-Murió mi mamá. –le dije, sin un asomo de lágrimas. No me creyó y citó a mi padre para decirle cuán mentiroso era, puesto que no había llorado al mencionar la tal supuesta desgracia.
Qué podía saber esta mujer, ni nadie, lo que estaba sucediendo dentro de mí. Las lágrimas se habían acabado. Los lagrimales se habían secado.
Pero, estoy seguro de que ella, mi bien amada, mi madrecita linda, donde quiera que se encontrara, estaba viendo mi sufrir. Y su ternura se hizo presente, pues llegó el día en que la sentí muy cerca de mí, arropándome, poniendo su mano abierta en mi almohada para que yo posara mi cara en ella y, entonces, sentía un dulce alivio y dormía.
He llegado a la edad madura y sigo sintiéndola muy cerca. Hablo con ella cual si fuera un niño: “Mamita Meche, ayúdame con esto o con lo otro. Gracias, mamita. Te amo”.
Creo que esa fue la lección más grande, durante los pocos años que estuvo a mi lado en este mundo: aprendí lo que es el amor, puesto que fue lo que me dio generosamente. Y no me cansaré de bendecir tanta dulzura.
Por: Jesús Ramírez Mendoza
Revista Chihuahua Moderno. Todos los Derechos Resevados 2010
Chihuahua Chih. Mexico
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