“Dímelo y lo olvidaré, enséñamelo y lo recordaré, involúcrame y lo haré mío”.
- Benjamin Franklin
Por Hugo Cobos Castañón
Las experiencias que vivimos suelen crear una marca que ayudará a definir la manera en que percibimos las cosas; cambiar nuestras creencias o pensamientos acerca de algo y, en determinado momento, decidir qué nos gusta o no.
Es posible que nunca hayamos puesto atención en aquella canción que sonaba de vez en cuando en la radio, o que saltábamos de nuestro playlist por considerarla algo “x” hasta que la asociamos a una eventualidad (escucharla en vivo en un concierto, acompañando una escena clave de alguna película, saber que es la favorita de nuestro amor platónico, etc.) que actúa como un marcador emocional con la facultad de influir en nuestras acciones y pensamientos de ahí en adelante.
El poder de una experiencia es capaz de llevarnos al cambio o adopción de hábitos, filosofías y gustos, así como al apego emocional hacia aquello que ya formaba parte de nuestra vida, pero no tenía tanta fuerza.
Somos cazadores de experiencias, se podría decir. Buscamos la manera de acumular vivencias; recordarlas y comunicarlas; algo así como una especie de trofeo. Un gato más de porcelana en la casa de la abuela.
Y es que parece que entre más cosas vivimos más superioridad moral tenemos para expresar nuestra opinión y juzgar; aceptar o rechazar ideas y comportamientos, así como para proponer y decidir, incluso sobre intereses ajenos.
La experiencia actualmente, y para muchos, es sinónimo de sabiduría, conocimiento (que no es lo mismo), autoridad y poder (que tampoco es lo mismo). El hecho de vivir o dejar de vivir algo nos da también cierto estatus entre determinados círculos. En los 70’s, década en la que surgió la banda de rock Kiss, mundialmente conocida por su impresionante espectáculo, los asistentes a sus conciertos tenían la posibilidad de adquirir una camiseta conmemorativa con la leyenda “I was there (yo estuve allí)”, y así, portar orgullosos la prueba de haber vivido un momento que no muchos tenían oportunidad de presenciar.
En la actualidad, el valor que se da a la explotación de experiencias dentro del marketing es especialmente elevado, y con justa razón. El hecho de atar determinada vivencia a una marca, producto o servicio nos permite crear un vínculo emocional con el consumidor difícil de borrar, además de reforzar el posicionamiento de la misma e incrementar su valor.
Una vez que el consumidor es involucrado de manera trascendental con los valores y personalidad de la marca, éste la hace suya, reconociéndola como un ícono capaz de hacer especial y memorable cada encuentro con ella.
No hay mejor manera de aprender que viviendo. De ese modo decidimos si estamos dispuestos o no a pasar por lo mismo. Esto es perfectamente aplicable al consumo. Si alguna marca nos hace pasar un mal rato es seguro que no volvamos a comprarla; si su consumo resulta convencional, entonces nos dará lo mismo utilizar otra. En cambio, si desde su presentación y promoción nos genera alguna vivencia memorable, es más fácil que estemos dispuestos a experimentar de nuevo dicha sensación.
Es importante que, como emprendedores o mercadólogos, analicemos el contexto de nuestro negocio y desarrollemos una manera de ofrecer experiencias únicas y de valor a nuestros consumidores. Es decir, llevar el ritual de consumo un paso adelante y de manera indeleble. Crear una conexión.
Revista Chihuahua Moderno. Todos los Derechos Resevados 2010
Chihuahua Chih. Mexico
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