Por Víctor Manuel Villagrán Escobar. Doctorando en Derecho por la Universidad Autónoma de Chihuahua.
En este número retomamos el análisis que comenzó en el anterior, sobre la situación de la nacionalidad de los deportistas, retomando en particular el caso del veto que las autoridades deportivas cubanas ejercieron sobre la velocista Liliana Allen para evitar que defendiera los colores de México en la justa olímpica de 2000 en Sídney, Australia.
Hasta aquí las cosas van bien, y todo parece marchar correctamente, pero nos falta un objetivo por cumplir, y es en este que precisamente habremos de encontrar el problema, esto es, en el hecho de que las competencias deportivas internacionales deben servir también para elevar el desarrollo endógeno de cada país. El problema señalado se da en dos direcciones, las cuales describiremos a continuación.
Primeramente enunciaremos los motivos por los cuales la República de Cuba se hubiera visto afectada al permitir que Liliana Allen enalteciera los colores de otra bandera, perdiendo con ello a una de sus representantes más valiosas. Recordemos que muchos gobiernos alientan a sus competidores locales e invierten en infraestructura y en políticas públicas encaminadas a incentivar la práctica del deporte, con el fin primordial de crear conciencia entre sus ciudadanos de los beneficios que se obtienen al realizar algún tipo de actividad física y llevar una vida sana. Es un ejemplo loable el que un país cuente con una cultura deportiva adecuada, pues habla bien de su preocupación por mantener una población debidamente equilibrada en el ámbito psicofisiológico, lo cual redunda también en ser muestra de la efectividad de los programas sociales propios de cada sistema político. Las naciones invierten mucho en sus proyectos deportivos, y no tan sólo dinero; se invierte además en esfuerzo de entrenadores y en diversos beneficios destinados a los atletas, sin mencionar todas las ilusiones que compañeros de equipo y demás connacionales imprimen en estos. Con la preparación de sus deportistas los países buscan demostrar que son capaces de conseguir logros de primer nivel, lo que da un mensaje positivo a sus habitantes y anima a niños y jóvenes a seguir el ejemplo y esforzarse por alcanzar sus metas, y buscan también, por otra parte, hacer evidente a nivel internacional que están haciendo bien las cosas como nación. Explicado lo anterior es más fácil entender la postura cubana en cuanto al tema que nos ocupa.
La otra parte del problema, y quizá más importante, queda resumida de la siguiente manera: Si bien en una primera instancia parecería gratificante el hecho de que un país como el nuestro reciba a un atleta foráneo del más alto nivel, cuya participación podría significarle un triunfo contundente y por ende un lugar magnífico en el cuadro de medallas, en un examen minucioso veremos que de hecho es aquí donde se propicia el efecto más grave de toda la situación. Ello suena paradójico, ya que lo más obvio es pensar que nuestra patria resultaría totalmente ganadora gracias a un convenio de estas características, sin embargo, nada hay más alejado de la realidad, pues bastaría preguntarnos, ¿De qué le serviría a México el hecho de adjudicarse una presea olímpica ganada por un extranjero, si sabemos que su desempeño en realidad no aporta datos concernientes al nivel de desarrollo de nuestra población, en virtud de que sus aptitudes físicas particulares provienen en todo caso de factores genéticos propios de una etnia distinta a la nuestra?; ¿Qué demostraría un triunfo así obtenido acerca del nivel real del deporte mexicano?; ó bien, ¿Qué resultados arrojaría este sobre la evolución de nuestros atletas, sobre la eficiencia de nuestros programas deportivos ó sobre la creación y búsqueda de nuevos talentos? Al meditarlo, comprenderemos que la concretización de una situación como la expuesta, lejos de significar un avance, sería provocadora tan sólo de efectos negativos, ya que ocultaría indefinidamente los niveles verdaderos de desarrollo, impidiendo identificar las debilidades para así poder hacerles frente, lo cual con el tiempo redundaría en un mayor atraso general del deporte.
La deserción, si bien en ocasiones es el único camino que con el que cuentan los deportistas para acabar con una situación adversa, desencadena un sinfín de consecuencias negativas, tal como lo acabamos de señalar. Por ello es que creemos que los competidores deben tratar por sobre todas las cosas de ser fieles a los colores de su propia bandera; y si bien es cierto que no debemos negar la posibilidad de que repentinamente puedan convertirse en víctimas de actos injustos emanados de sus gobiernos, tampoco debemos olvidar que precisamente con el fin de dirimir controversias de esta naturaleza es que el Comité Olímpico Internacional ha fijado los mecanismos de revisión adecuados; así, si del análisis de un conflicto dado se concluyera que la razón asiste a los atletas, sin duda alguna les deben ser brindadas las facilidades necesarias para que alcancen su sueño de competir, a modo subsidiario y semipleno de resarcimiento, pero ello no significa que estos deban fijarse desde el principio y en cualquier caso tan sólo en sus metas individuales, dejando de lado al país que los hizo crecer en el aspecto personal y deportivo, ni significa tampoco que otros países aprovechen la situación y se quieran adjudicar los triunfos de aquellos que atraviesan por un problema de esta índole, y no debe ser así porque, entre otras razones, ello afecta contra el espíritu olímpico, cuyos principios son la fraternidad, la colaboración y la lealtad, objetivos todos que deben seguir ocupando el primerísimo lugar en la justa mundial.
Por ello es que afirmamos que el gobierno cubano actuó acertadamente al impedir que Liliana Allen representara a México en esa ocasión, no con el fin de obrar mal contra ella ni contra nuestro país, sino tan sólo para defender su propio trabajo, así como el de todos aquellos que tras bambalinas viven inmersos en las tareas de preparación de los atletas, y quienes en ocasiones ni siquiera reciben el mérito debido por su desempeño, aunque claro, las opiniones en torno a sucesos como el anteriormente descrito suelen ser diversas, y todas son dignas de respeto.
Y es que si lo pensamos detenidamente, nos daremos cuenta de que las controversiales circunstancias que en este breve ensayo hemos analizado, más que ser simples desacuerdos entre países ó entre estos y sus deportistas, son las claras consecuencias de un conflicto superior emanado de la existencia de dos antipodales y bien conocidas estancias ideológicas: la visión colectiva y la visión individual, así como de la interrogante que invariablemente surge de tan singular y perenne contraposición, ¿Cuál de ellas debería imperar por encima de la otra?; desde la óptica colectiva cabría preguntarse, ¿Es justo que un país que se ha esforzado por años en la preparación de sus competidores de pronto se vea despojado de ellos? Mientras que si nos atenemos a la visión de tipo individual podríamos replicar ¿Es justo que un atleta poseedor de un gran potencial pierda oportunidades valiosas por falta de apoyo de su gobierno, por ausencia de desarrollo local, ó por cualquier otra situación que pudiera presentarse?
En el panorama olímpico, la visión colectiva parece contar hasta hoy con la inapelable supremacía; así lo demuestra la realización del tradicional desfile protocolario en el que los contingentes de los distintos países portan con orgullo sus banderas en clara afirmación de la unidad y del patriotismo durante la ceremonia de apertura de la magna celebración deportiva internacional. El movimiento olímpico moderno versa sobre compañerismo, cooperación y esfuerzo compartido, por ello es que los conflictos individuales se han visto relegados a un inmanente segundo plano; sin embargo, a medida que estos se presentan con intervalos de mayor presteza, resulta evidente que la individualidad reclama cada vez con más fuerza su propio espacio y en ocasiones ya no se conforma tan sólo con el hecho de quedar oculta bajo la sombra otrora rozagante y plenamente satisfactoria del llamado “espíritu de equipo”.
Quizás en un futuro, cuando situaciones como la acontecida en torno a la velocista Liliana Allen Doll se vuelvan más frecuentes, a riesgo de parecer extremistas, pensamos que con el fin de evitar penosas pugnas y en un acto de honor a la coherencia las autoridades olímpicas deberían contemplar seriamente la posibilidad de eliminar ese fulgurante desfile de delegaciones en el que cada una se presenta de forma utilitaria bajo el nombre de su país al inicio de los juegos, para dar lugar a un desfile individualista en el que los atletas llenen de realce tan sólo su nombre propio, de esa forma no caeremos en el absurdo de tener que sumar cada vez mas adjetivos al nombre de cada competidor haciendo alusión a las naciones de las cuales se ha servido a lo largo de su trayectoria y terminar diciendo cosas tales como “el velocista méxico-estadounidense-chino-cubano-francocanadiense John Monroe resultó triunfador en la prueba de los cien metros planos”.
Revista Chihuahua Moderno. Todos los Derechos Resevados 2010
Chihuahua Chih. Mexico
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